Duendes al centro de Cuba.

Por Mairyn Arteaga Díaz.

Con el recuerdo fresco de aquella expedición a la Isla de Pinos partieron los tecleros de toda Cuba a un nuevo recorrido por el centro del país. Con los mismos bríos que antes los movieron, con las mochilas repletas del cariño cultivado aquel abril y con iguales deseos de dejar plantada la semillita de la amistad; esta vez en Ciego de Ávila y Camagüey.
Eran cuarenta, como los ladrones de Alí Babá, pero si robaron algo, les aseguro que solo fue un poco de amor. Eso sí, luego lo devolvieron a manos llenas. Llegaron a la ciudad de los tinajones un jueves caluroso de agosto.
Plantaron campamento en Las Clavellinas, el lugar donde en 1868, se alzaba Ignacio Agramante para poner en pie de guerra al Camagüey; y desde allí irradiaron luz a los alrededores.
La villa de Puerto Príncipe los acogió gustosa y abrió sus caprichosas calles a los visitantes que se fueron en tropel hasta la Plaza del Carmen. De la mano de  sus estatuas y su historia pasaron el rato. Conocieron de su creadora, la artista local Martha Jiménez Pérez, reconocida con el Premio UNESCO.
Admiraron la escena de las tres chismosas, de los enamorados, del viejito de los tinajones; muchos personajes reales, como Norberto, el señor del periódico que posó orgulloso junto a su imagen congelada por el arte.
Y las emociones no cesarían aquel día. Luego de desandar el laberinto camagüeyano, el grupo de tecleros tocó las puertas del Hospital Pediátrico Eduardo Agramonte Piña. La tarde transcurrió entre risas, canciones y alguna que otra lágrima junto a los niños de las salas de oncología y hematología. Estuvieron presentes el gallo de bodas, la sirenita y hasta un barquito de papel colmado de besos y obsequios para los pequeños.
Daba gusto como Saraí completaba el cuento que se le olvidaba a la Bala, y las sonrisas en los rostros de Osniel, Elionel, Dariel, o el balanceo constante de los piecitos del pequeño Mario, regordete y rubio. Su semblante se mantuvo serio, pero seguía atento el transcurso de la actividad, nos mostró su sonrisa solo después de la llegada del pato Donald.
Allí quedó bien sembrado el retoño de los duendes multicolores, porque cada uno le asignó su color preferido. No era justo que todos fueran verdes. Y prendida del arco iris de sueños, la promesa de regresar el próximo año, con la misión de entregar más amor a esos, o a otros príncipes enanos.
De Camagüey, también recordarán los tecleros la excursión a la Fuente Bella, el buen trato de su gente y la velada esperando las lágrimas de Perseida. No aparecieron pues las nubes no dejaron ver la lluvia de estrellas.
Del camino hasta Ciego, lo más significativo fue el mal humor de un chofer, que dado su grado de acidez en sangre, pareciera que se inyectaba con limón.
Así, en un recorrido histórico, atravesando la trocha de Júcaro a Morón, desandando las pisadas del Señor de la Vanguardia, avaladas por el cartel “Por aquí pasó Camilo”; arribaron a la base de campismo Boquerón.
El paisaje y la naturaleza, fabulosos. Los ríos, las montañas, las cuevas, sobre todo la del “Pelú de Mayajigua” impresionaron por su belleza. En Boquerón, Julia, a sus 74 años, se bañó por primera vez en un río y montó caballo después de medio siglo sin hacerlo.
Ni la sopa de pollo de cuatro pesos-todavía buscamos el pollo-, ni las condiciones de las cabañas, ni la poca educación de algunos trabajadores (otros se desvivían en atenciones), hicieron mella en el ánimo teclero que ardió a su gusto.
El final de la travesía estuvo marcado por una noche avileña como nunca la hubo: con la invasión a la casa de la hermana de Oscar y el recorrido por un Ciego de Ávila que hechizó a más de uno.
De la despedida se encargó Playa Pilar, en el archipiélago Jardines del Rey. Sus arenas finísimas y sus aguas preciosas formaron un cuadro perfecto, aderezado por la caldosa moronense de Raiza.
Los duendes no tomaron agua de tinajón, ni firmaron exclusividad con Ciego. Eso sí, dejaron sus huellas en ambas ciudades. Sus huellas, sus deseos de vivir y repartir alegrías sin restricciones. Podrían volver en cualquier momento. Espérenlos, en Ciego, en Camagüey o en otro rinconcito de Cuba. No tienen destino fijo, estarán donde se les quiera, donde puedan dejar su cargamento de amor.

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5 respuestas a “Duendes al centro de Cuba.”

  1. avatar Ivan dice:

    Guao Mayrin, me dejaste sin palabras. Tienes ese don de la cronica muy entronizado en tu ser. No pude asistir al campismo, pero me senti entre ustedes cuando leia tus palabras. Me permitiste trasladarme hacia cada rincon que los tecleros visitaron. Felicidades por tu perfecta prosa.

  2. avatar Mairyn dice:

    Vaya, Iván, gracias por los elogios.Ojalá cuando me gradue,seas jefe de un medio de prensa,jajaja.

  3. avatar Nieves Molina, alias La Bala dice:

    Mairin, genial tu decir de nuestra suerte de amistad, de nuestras manos amigas enlasadas para siempre, Iván tú no te preocupes, que con ese corazón tan grande que tienes de seguro tus crónicas serán fotos de ternura y cariño, a los dos mis saludos y la invitación a vernos en los inicios de noviembre en el cornito tunero para de ahí asaltar al lago azul de las minas de Manatí, la tierra de Barbarito Diez, besos con sabor a pólvora para todos los tecleros.

  4. avatar Nieves Molina, alias La Bala dice:

    !!!Señores!!!que yo no me había visto en esa foto al lado del cartel de Jardines del rey, Camarero esa cámara tuya tiene aumento, y tú no fuiste buen amigo al sacarme taaannnn gorda, realmente estoy gordita pero no taaannn, por fa, redúcele un poco de volumen a la foto, sino no seré La Bala sino la bola,ja,ja, un beso polvoriento a todos

  5. avatar Yohan dice:

    Que tiempos esos… al bote que se bota !!!

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